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Sin espalda


lagrimas No importa la edad a la que nos pase, cuando los padres dejan de existir, uno siente que se queda sin espalda. Es a veces, una sensación física, de quedarse sin nada que pueda sostenernos si caemos hacia atrás.

Se supone que la vida tiene un orden natural, y uno cree que si todo sigue su curso, cada nueva etapa y cada experiencia que marque un cambio significativo, será por consiguiente: natural también. Error común: creer que lo natural no cuesta, no duele, no deja marcas, y simplemente: se da.

No siempre logramos avanzar en nuestra línea cronológica y en nuestra historia con tanta simpleza. A pesar de lo históricamente correcto de algunos eventos que nos suceden, no es tan sencillo aceptar cuando una etapa finaliza.

Y cuando los padres ya no están, terminó una parte de nuestra vida. Como es lógico que la muerte de los padres suceda antes que la de los hijos, difícilmente tomemos conciencia del enorme cambio que implica esta realidad hasta que nos sorprende. No es simplemente la tristeza de no tener al padre o a la madre, no es sólo extrañar su persona.

Termina nuestra faceta de “hijos”. Nada más y nada menos que el rol con el que nacimos, crecimos, aprendimos a ser nosotros mismos, a hacer todo aquello que forjó nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestra inteligencia y nuestra capacidad afectiva.

Si esto ocurriera en la niñez, probablemente alguien podría tomar ese lugar, la vida daría vuelcos, una serie de sobresaltos y cambios no menos difíciles, pero los niños tienen, tal vez, la posibilidad de seguir siendo hijos. Hijos de quien sea para ellos un padre o una madre.

Para un adulto, dejar de ser hijo, es renunciar involuntariamente y por motivos de fuerza mayor, a todo lo que uno recibió y también a lo que jamás tuvo de parte de sus padres.

La esperanza del hijo, la fantasía aniñada de pensar que algún día el padre volará como Superman y la madre se convertirá en la Mujer Maravilla, nos acompañan aún pasada nuestra primera juventud. Disfrazadas –seguramente- de fantasías nuevas, seguimos esperando con ilusión que cambien. En mayor o menor medida, que sean diferentes. Que tomen los remedios en el orden correcto (tal como lo anotamos en un papel y lo pegamos en la heladera), que dejen de hacerse problema por pequeñeces, o que no se asusten si llaman a casa y nadie responde el teléfono.

Deseamos, esperamos, y confiamos que puede pasar. Porque los miramos desde nuestro lugar de hijos. A veces sucede que ante alguna fragilidad del padre, sea necesario que oficiemos de “padres de nuestros padres”, nuestro instinto nos lo permite perfectamente. Pero… rara vez dejamos de verlos “grandes”, de sentirnos sus hijos.

Parte del duelo de los padres, es aceptar que el que se va es el padre o la madre que uno tuvo, y también el que estaba en el imaginario. Uno aprende que un padre y una madre tienen determinadas características, pero no todas se condicen con la realidad, porque no existe el padre perfecto, claro está. Con el paso del tiempo, uno puede discernir qué cosas eran ciertas y cuáles otras eran producto de la idea de padre que uno había acuñado en su mente.

No sería capaz de catalogar ni calificar la profundidad o la dureza de las situaciones diversas en las que una persona puede perder a sus padres, estoy segura de que más allá de cómo y cuando pase, cada hijo tendrá su propia experiencia, y será diferente al resto, no será igual el dolor de un hijo que el de su propio hermano.

Es parte de la vida, es un paso. Para quienes creemos en Dios, es el paso (nada menos) que al paraíso, a la Vida Eterna, y el camino hacia Dios. Es el alivio eterno para quien muere. Es el objetivo de toda una vida: llegar a ver a Dios cara a cara y permanecer en El para siempre.

Pero cómo es la vida… que a pesar de esta certeza de bienestar infinito, el día que un padre muere, uno no puede evitar tener la misma vivencia de pequeño. Las ganas de upa, con puchero incluido, se adueñan de a ratos de nuestra adultez, y nos recuerdan que esa persona fuerte y decidida que somos, y se repite a sí misma todos los aspectos buenos que la muerte del padre habrá podido tener, nunca dejará de añorar el abrazo del padre y la caricia de la madre, y llevar dentro al niño que fue. Gracias a Dios, el dolor cambia, la angustia se va, con el paso del tiempo y con otras vivencias que el Señor nos va poniendo en el camino, uno aprende a convivir con la ausencia del que no está, alimentándose de las tantas otras presencias. Y seguirá sin su espalda… hasta que sienta que ya puede avanzar sin ella y se largue a caminar otra vez.

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5 Respuestas a “Sin espalda”

  1. Lucre Dijo:

    Simplemente hermoso!!!! Una vez más me asombro (y en esta ocasión …me emociono!!)ante la máquina…TE FELICITO!!!!!!!!

  2. analia alcorta Dijo:

    una reflexión profunda, tan cierta como real, eso sentí cuando mi papá se murió, con el consuelo como cristiana que hay esperanza y que hay una vida eterna. Lo mejor, como lo pudiste poner en palabras tan claras un sentimiento tan profundo. Se nota que está escrito desde el alma, con el corazón y con mucho respeto y amor. FELICITACIONES!!!!!!!!!!!!!

  3. Patopd Dijo:

    Excelente Tri! En el caso de mi Papá no lo veo es cierto, pero lo sigo sintiendo siempre, “eso” no se va más.
    Mil besos

  4. Romina Dijo:

    Es tan real… En mi caso, todavia siento un poco de bronca por la partida de mi papa tan temprana…Sobre todo en mis embarazos, en el nacimiento de mis hijos, en las mudanzas con mi marido, son cosas en las que hubieses amado que el pudiera estar para compartir conmigo tanta felicidad, pero bueno, me consuela pensar que desde arriba esta viendo todo con una sonrisa en la cara y pensando “que bien lo hiciste hija!!”

  5. gaby g Dijo:

    impecable!!! GRACIAS A DIOS Aun no pase por esos momentos…. pero en ocaciones me vienen a la mente el “no tenerlos” y me agarra una profuda angustia de solo pensarlo ….. Lo que agradezco a DIos es nunca quedarme con pendientes y vivir cada dia a su lado dandoles tantos besos y agradecerles por tanto…

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