Esta nota fué publicada el Viernes, noviembre 19th, 2010 a las 1:55 am y esta archivada en Opinión femenina. Podés seguir su desarrollo con RSS 2.0 . Dejanos tu comentario , o respuesta.


Juventud Divinísimo Tesoro
Nos convertimos en gente grande cuando nuestra incomodidad se pone de manifiesto cada vez que nos encontramos en un entorno de personas considerablemente más jóvenes que nosotros.
Los de 30 / 40 años, decimos que somos jóvenes, lo cual no es mentira, porque no somos viejos, pero “jóvenes – jóvenes”; son los que transitan la juventud verdadera. Aquellas edades en las que uno podía ir a una fiesta de casamiento, por ejemplo, bailar toda la noche, beber y comer sin demasiado límite, volver a las siete de la mañana, y reponerse en uno o -como máximo- dos días. Cuando hace falta una semana para poder reponerse de un casamiento en el que uno bailó seis temas a media máquina, tomó un par de copas y en un momento de la noche dejó de comer porque tenía acidez, es cuando la juventud se tornó en eso: juventud a secas.
Llega un punto en que dejamos de comprender los códigos de la juventud, hay palabras que deducimos que son una grosería, un insulto o se refieren al sexo, pero necesitamos pensar un rato qué significado podrán tener. Esperamos a escuchar la palabra en cuestión de nuevo, para ver si “nos cierra” la idea que teníamos. ¿Preguntarlo? Jamás. Preguntar qué quiere decir una palabra que suena a guarangada es sinónimo de dejar de ser joven a secas para pasar a la categoría de joven maduro.
La brecha se agranda cada vez más, y a los adolescentes directamente no los podemos entender, con ese pelo flogger (que en realidad no sabemos muy bien que quiere decir ser flogger), nenas y nenes con los mismos cortes de pelo, los chupines, el buzo GAP y las zapatillas de trece mil colores, las uñas oscuras, la espalda encorvada. ¿Puede ser posible que se use andar con la espalda encorvada?.
Hay muchas diferencias con nuestra adolescencia, nosotros no caminábamos como zombis con el iPod a todo volumen, ni escribiendo sms en un telefonito como locos, a la velocidad de un rayo como si los dedos tuvieran autonomía y no supieran hacer otra cosa más que escribir en clave, sin vocales y con letras ka y equis por todas partes.
Diferencias hay, pero de todos modos era grande la cantidad de estupideces por minuto que eramos capaces de hacer en la adolescencia allá lejos y hace tiempo. Éramos mucho más vivos que los pibes de ahora, dibujábamos los bancos del colegio, escribíamos corazones con flecha y el nombre de los enamorados, jugábamos al ring – raje, nos burlábamos de todos los que figuraban con apellido Caca o Pedo en la guía telefónica, tratábamos de desarrollar el machete perfecto (sin dispositivos tecnológicos, por supuesto, la única avanzada en esto fue Zulemita, pero ya estaba en la facultad así que como adolescente no califica, ya era joven – joven).
Los más asquerosos esperábamos poder pisar un sapo con la bicicleta, o lo hacíamos fumar para ver cómo explotaba. Esperábamos horas que el sol diera en el ángulo perfecto en nuestra lupa para poder hacerle un agujero a una hoja, y con mucha suerte, hacer que se prenda fuego.
Mojábamos a los vecinos para carnaval, atrincherados con bombitas de agua en la puerta de nuestra propia casa, como para que nos identifiquen y nos odien bien, por hacerlos llegar al trabajo pasados por agua. Los más malditos, inflábamos las bombitas de agua con soda, o con agua y sal. Vivísimos.
Las chicas hemos invertido horas en peinar un jopo que a las dos horas estaba tan aplastado como nuestra moral cuando alguien nos leía la tan secreta y privada agenda, una suerte de diario íntimo… pero sin candado ni llave.
Practicábamos frente al espejo como dar besos, y “el paso” con el que se estuviera bailando en ese momento, para hacer de cuenta que lo teníamos clarísimo el fin de semana en el boliche, pero no era algo sensual como el tango, ni sexy como la lambada, eran simples y sencillos movimientos para bailar las nenas con las nenas y los nenes con los nenes, de maneras amorfas que se ponían de moda, y en las que (generalmente) no sabíamos donde mierda poner los brazos.
Anécdotas tendremos miles… y dichas hoy sonarán como grandes imbecilidades, pero es imposible recordarlas sin sentir una cosquilla, y hasta un poco de emoción, porque ser tan joven se sentía tan bien!. Si nos dejaba un novio era el fin del mundo, si nuestro amado no nos correspondía ni hablar. Si nos llevábamos materias, si no nos ponían en el equipo y terminábamos en el banco para el partido, si no nos dejaban ir a las tres fiestas que había el fin de semana y teníamos que elegir sólo una… todo era terrible en enormes dimensiones, así se sentía. Y así se sentía también la diversión, la amistad, el amor… en grandísimas dimensiones. Seguramente eso tengamos en común con los adolescentes y los “jóvenes – jóvenes” de la actualidad. La enormidad de los sentimientos. Tal vez un poco gastados, tal vez desplazados por otros nuevos sentimientos, por preocupaciones, y por las responsabilidades de la juventud más avanzada en los años… si uno los busca, los sentimientos enormes allí están, allí permanecen. Quienes los cuidan como un tesoro, logran preservarlos por más tiempo, como el tesoro de nuestra juventud. Nunca viste un joven de 80? No serán muchos, pero los hay.
Una Respuesta a “Juventud Divinísimo Tesoro”
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Jueves 25 de noviembre, 2010 a las 10:06 am
Bueniiiisimo!!!!!!! jajajajajaja…..