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Las benditas mascotas


Cuando alguien piensa en tener una mascota, piensa en la ternura, en el vínculo con la naturaleza, y en la compañía que puede encontrar en un animalito.

Pero ojo, no nos engañemos, normalmente al tercer día de haber adquirido una mascota… ¡Tenemos ganas de devolverla!.

El tema central: La caca.

Todos los bichos defecan, lamentablemente no se saben limpiar, ni usan el inodoro. Nada peor que salir al jardín de tu casa y pisar mierda. Si, perdón, hay algo peor: ser la encargada de juntar esa mierda con la palita y la bolsa.

¡Qué asco! La palita huele mal y aunque limpiemos bien todo ¿Quién se atreve a cepillarla para que no se sienta el olor a 3 km.?.

Hasta los gatos, que se supone que son más limpios hacen ese ruidito insoportable en su caja de piedritas cada vez que quieren evacuar… como diciendo: -¡Ey! ¡Miren… estoy cagando!-. Ni hablar los conejos que riegan el mundo de pelotitas negras.

Y además: ¿Qué mascota no rompe algo alguna vez? Hasta las tortugas… en casa cuando yo era chica, una vez la perra tuvo cachorros, y como los cachorros le comían la lechuga, la tortura afiló los dientes y entró a morder patas como loca. Nos pasamos un mes curando patas de cachorros malheridos.

Sé que hay mucha gente que encuentra en su mascota un miembro más de la familia, seguramente mi experiencia no ha sido buena y por eso no muero por tener una mascota.

En mi familia el tema eran las mascotas de mi hermano menor: Ernestito. Ernesto quería a toda costa tener una mascota y la suerte no estaba de su lado.

La primer tortuga que tuvo, la pisó papá con el auto. En el auto iba con Ernesto así que empezó a tocar bocina luego del -¡Crack!- y yo salí. Me señalaba la tortuga desesperado. Me acerqué, y cuando la ví toda aplastada… ¿Adivinen qué hice?. Grité: -¡Mamaaa!. Y ella se encargó de todo.

Trajimos una segunda tortuga, y luego de su primer invierno en casa, el 21 de Septiembre Ernestito la empezó a buscar pensando que habría terminado de hibernar.

Y apareció con la tortuga seca, metida bien adentro de su caparazón, el cual parecía teñido de verde. ¡Qué asco! Se había muerto vaya uno a saber cuando, y el pobre insistía en darle de comer.

Después intentamos con el hamster, compramos ruedita, pecera, y todos los accesorios para que en 24 hs. quedara estampado contra el vidrio, y tieso como una estatua. Hasta velorio le hicimos porque pobrecito mi hermano, le hizo un ataúd lleno de algodones y con la cruz correspondiente.

Pasamos a los gatos. Los, -digo- porque mamá trajo una gata preniada, fea como ella sola, blanca, gordísima (aún después de tener a los gatitos) y además: insulsa. Rocío.

La gata tuvo varios gatos imposibles de ubicar: Canela y Calvin (por Calvin Klein) se quedaron en casa. Canela terminó plana (literalmente) cuan sticker en la calle de mi casa, la pisó  un camión. Y Calvin sobrevivió a mi otro hermano que jugaba a Superman… con el gato. Tomaba distancia de la heladera y lo arrojaba como si fuera una pelota de baseball contra la puerta de la heladera al grito de: -¡Supermaaaaaaan!. Sobrevivió también una mudanza, me acuerdo que la nueva dueña de la casa de mamá me llamaba a las siete de la mañana porque el gato se había pasado la noche maullando en su ventana. Y ahí partía yo, que odio a los gatos, a buscar a este desgraciado que como corresponde me odiaba a mí también, para llevarlo a la nueva casa de mi madre. Todo el viaje encrispado y arañando los asientos de mi auto,  más me hacía odiarlo. Una noche se fue de joda el gato y nunca más volvió.

De ahí pasamos a un dálmata, divino. Manchas marrones tenía. Era lindo, y muy bueno… Chester. Terminó su vida suponemos que envenenado por algún vecino maldito.

Mi mamá (bien dramática) me llamó para contarme la novedad.

Me dijo: -Tengo malas noticias.- (eso en mi familia era sinónimo de velorio inmediato, ya habían muerto cuarenta y tres parientes). Y prosiguió: -¿Sabés quién se murió?-. A esta altura yo ya tenía el corazón detenido, la boca entreabierta, y la lágrima a punto de saltar.

-Chester-, culminó. Y respiré aliviada. Una pena pobre perro, pero… ¡Casi lo acompaño!.

Se nota que así y todo no aprendí lo suficiente y cuando invité a mi papá a conocer mi primera casa apenas me la entregaron, papá se apareció con una perra callejera espantosa, chiquitita y saltarina en los brazos.

-¡Qué linda!- dije. Y ahí cagué.

-Te la traje de regalo, me la encontré- me dijo. Y le puse de nombre: Coca.

Con los días Coca creció de ancho, pero de alto: nada.

Saltaba tan alto que parecía que tenía un resorte en el trasero.

Rompió toda la ropa que tendí (con la soga a cuatro metros del piso) en tres meses, zapatillas, felpudos, fundas de lavarropas y la paciencia: toda.

La frase: “Coca, la puta que te parió” fue la más repetida durante su estadía en mi casa.

Se la llevé de regalo a mi papá para fin de año, para no divorciarme con dos meses de casada.

No crean que eso fue suficiente. Porque reincidí. Mi suegro tenía unos perros chinos (que también le habían regalado un poco a su pesar) que tuvieron cría. Y mi hija se enamoró de una cachorrita que obviamente nos llevamos, y le puso de nombre Lola.

Lola era un clon de Coca, petisa, fea, y kilombera. Estuvo un tiempito y partió. La mandamos de visita a algún lugar y nunca más supimos de ella.

Ahora mis hijos me piden a gritos una mascota. Me parece que llegó el momento de tener otro hijo más… ¿No?.

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2 Respuestas a “Las benditas mascotas”

  1. anabella Dijo:

    muuuuuuuuuuuuy bueno, y muy cierto! yo tengo exactamente la misma onda con las bellas mascotas! mi hijo lloro durante su primer año y medio de vida x una mascota, y como buenos padres, accedimos a su pedido, desde entonces los que lloramos somos nosotros!!!!!! el relato muy bueno y me cague de risa

  2. Julianita Dijo:

    Después de leer el relato de una mamá (tremenda mamá), ahora puedo entender por qué me cuesta tanto traer una nueva mascota a casa… nunca lo voy a lograr.

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